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LAS CINCO ESTACIONES PARA SENTIR LA CIENCIA

El martes 22 de abril desmontábamos nuestro espacio en la 23ª Feria de la Ciencia de Sevilla y al día siguiente ya estábamos en Cádiz, en el IV Memorial Jesús Matos. Yo no conocí a Jesús, pero su legado se respira en el ambiente, ya que su forma de entender la enseñanza de la ciencia —con compromiso, alegría y humanidad— sigue viva entre quienes comparten pasillos, ideas y vocación.

Por eso, lo que presentamos allí tenía otro pulso, era ciencia con sentido.

Cada mesa que montamos, cada objeto que colocamos, estaba pensado no solo para enseñar ciencia, sino para honrarla. Para mostrar que se puede hacer investigación con rigor, desde un instituto rural, y al mismo tiempo con emoción, con memoria y con belleza.

Antes de comenzar, decidimos estructurar nuestro stand en cinco estaciones. Cada una reflejaba una forma de vivir el conocimiento. Porque creemos que la ciencia necesita voz, porque cuando se cuentan historias se hace memoria; la ciencia merece ser visible compartiendo lo que antes parecía inaccesible; la ciencia cobra sentido cuando se cuida y se pone al servicio de las personas; y la ciencia también es conexión, arte y belleza. Y, por supuesto, creemos que el asombro hecho método también puede ser juego, risa y disfrute.
Así que quien se acercaba a nuestro espacio no encontraba solo mesas, encontraba un viaje.

Primera estación: dar voz

Empezábamos el recorrido con sonido, pero no cualquier sonido.

El arco del violín rasgaba la placa metálica y las ondas se volvían visibles. Un fonógrafo casero —de los de aguja y cartón— devolvía al presente la magia de grabar y escuchar. Al lado, una bola de poliestireno flotaba sobre un secador, desafiando la lógica y explicando Bernoulli como quien lanza un hechizo.

Y entonces, el giro. Allí estaban nuestras marionetas articuladas de científicos y científicas del exilio español. Con sus batas y sus historias a cuestas, no eran un adorno: eran protagonistas. Les dimos voz, les dimos cuerpo, les devolvimos el lugar que la historia les negó.

A veces me preguntan por qué hacemos estas cosas en un instituto rural. Y yo pienso: ¿acaso hay lugar más honesto para rescatar memorias invisibles que un aula en un pueblo poco conocido, mal comunicado, pero lleno de conexiones reales?

Segunda estación: lo invisible hecho visible

En esta mesa hablábamos de lo que no se ve, pero se siente. De eso que está ahí, actuando en silencio, hasta que decides mirarlo de frente.

Colocamos una cámara térmica que permitía observar el calor humano. No el metafórico (que también estaba), sino el real. Algunos visitantes se reían al ver su silueta fluorescente; otros se quedaban en silencio. Porque ver lo invisible impresiona, sobre todo cuando descubres que tú también irradias ciencia.

A su lado, un detector de CO₂ montado con Arduino, diseñado por el alumnado para medir la calidad del aire en las aulas. ¿Por qué? Porque cuando el ambiente está cargado, la cabeza no piensa igual. Lo construyeron con sus propias manos y lo explicaban con la seguridad de quien sabe que lo que ha hecho sirve para algo real; que la ciencia no solo está en los libros, sino en el aire que respiras.

Después, llegaban los orbitales atómicos, esos misterios cuánticos que siempre parecen lejanos, hasta que los visualizas. El alumnado programó distintos modelos en Python, para que los visitantes pudieran ver cómo se distribuye la probabilidad de encontrar un electrón en un átomo.

Y terminábamos con nuestras queridas Nancy científicas, caracterizadas como los modelos atómicos de Thomson, Rutherford y Bohr. Una forma de decir que la historia de la ciencia no tiene por qué ser aburrida, ni masculina, ni lejana; que también se puede contar con muñecas, con estética, con humor  y con mucho contenido.

Tercera estación: energía que cuida

Aquí la ciencia no se explicaba, se sentía en la piel.

Empezábamos con nuestras placas solares caseras, elaboradas con dióxido de titanio y pigmentos naturales como el hibiscus. Tecnología hecha en el aula, con materiales accesibles y cerebros inquietos. El público alucinaba cuando les contábamos que esa fina capa color burdeos podía generar voltaje con la luz del sol. 

Después, el proyecto se transformaba en cuerpo, una placa Arduino con sensores de temperatura, humedad y movimiento, todo integrado en un bolso solar inteligente, que detectaba el riesgo de irritación durante la actividad física. Lo desarrollaron pensando en algo tan básico como eso, correr, sudar y evitar rozaduras. Y que el sistema pueda avisarte antes de que ocurra. Ciencia con propósito. Y como el cuidado no termina en el aviso, terminábamos con lo que parecía una mesa de cosmética, pero era química aplicada. Geles y cremas naturales, formulados por el alumnado a partir de oleatos con hibiscus, romero, hipérico y caléndula. Y sí, funcionaban. 

Y justo cuando creías que ya habías visto todo, te proponíamos algo, cerrar un circuito con las manos, porque la energía también está en el contacto, en la conexión. Y la ciencia en la cercanía. 

Cuarta estación: ciencia azul, luz que revela

La siguiente mesa parecía una exposición de arte. Y lo era. Pero no cualquier arte, ciencia revelada con luz solar, pigmentos fotosensibles y manos que saben observar.

Presentábamos la técnica de la cianotipia, ese proceso fotográfico del siglo XIX que permitió a Anna Atkins —considerada la primera mujer fotógrafa científica— documentar algas con una belleza que aún hoy corta la respiración. Sobre la mesa, varias estampaciones en azul profundo: una mujer tejiendo un ADN, un astronauta tocando la guitarra y un cartel que decía: “Ciencia hasta en la sopa”, porque está en todas partes.

El alumnado explicaba el procedimiento con precisión, pero también con orgullo. Porque cada obra era suya,  no habían comprado nada, lo habían creado desde cero: con químicos, papel y  sol. 

Quinta estación: ciencia en movimiento (y en el suelo)

Nuestro recorrido empezaba con voz y terminaba con risa.

Construimos una portería y un lanzador con medidor de ángulos para estudiar el tiro parabólico. El alumnado visitante calculaba el ángulo, hacía su disparo y comprobaba si entraba en portería. Si acertaba, pasaba al segundo reto: un lanzador neumático hecho con una cubeta y un plástico, que usaba aire comprimido para derribar vasos. El premio: un jabón artesanal elaborado en el instituto. Porque hasta el premio tenía química. 

Y cuando parecía que ya nada podía sorprender, aparecía nuestra joya rotatoria: la plataforma de Coriolis. Dos visitantes se sentaban frente a frente sobre una base giratoria para lanzarse una pelota mientras todo giraba. El resultado: una curva inesperada. La pelota no seguía una línea recta, y eso hacía que los visitantes entendieran que la Tierra se mueve y nosotros con ella.

Y al final, todo brillaba: las caras, las ideas y las ganas.

Brillaba ese momento en que vi a mi alumnado explicar con pasión un orbital atómico, o regalar un jabón hecho por ellos como si fuera el mayor de los tesoros.

Brillaba la marioneta de una científica exiliada cobrando vida entre los dedos de una alumna que, semanas antes, decía que la física no era lo suyo.

El Memorial Jesús Matos nos regaló eso: la posibilidad de hacer ciencia con alma. De reivindicar que también es voz, mirada, cuidado, arte y, sobre todo, felicidad.


No sé si esto se puede medir, pero sí sé que lo puede sentir. Y que cada vez que un alumno o una alumna brillaba, también lo hacía la escuela pública: libre, valiente, creativa y profundamente humana.

 

Autoría: Mª Del Pilar Ruiz Lucena. Profesora de Física y Química. IES Maestro Francisco Gallardo